Nadie recuerda cuándo empezó exactamente.

Algunos dicen que Gaspard llegó a Hermitage sin nombre.

Otros, que siempre había estado allí.

Lo cierto es que, durante años,
trabajó la tierra como si escuchara algo que los demás no podían oír.

No hablaba demasiado.

Pero observaba.

Siempre observaba.

Dicen que fue el primero en entender la Syrah de aquella colina.

No como una uva.

Sino como una memoria.

Sus vinos no eran mejores.

Eran… distintos.

Había algo en ellos.

Algo que se quedaba más tiempo del necesario.

La primera vez que alguien lo mencionó,
no habló del sabor.

Habló del silencio después.

Y luego, un día, Gaspard desapareció.

Sin despedidas.
Sin explicaciones.
Sin cuerpo.

Solo quedaron las botellas.

Y desde entonces…

nada volvió a ser exactamente igual.

Nadie sabe de dónde salieron.

La botella que no debía abrirse

 

Nadie recuerda quién la encontró primero.

La botella no estaba etiquetada.

Ni fechada.

Ni registrada en ningún inventario.

Apareció donde no debía.

En una bodega donde todo estaba contado.

El vidrio era oscuro.

Más de lo normal.

Como si no quisiera dejar pasar la luz.

Alguien dijo que podía ser de Gaspard.

Nadie respondió.

Durante años, nadie la tocó.

Hasta que alguien lo hizo.

Algunos dicen que fue la última vez que alguien lo abrió.

 

El corcho no ofreció resistencia.

Y eso…

ya fue la primera señal de que algo no iba bien.

El aroma no llegó de golpe.

Se deslizó.

Lento.

Como si saliera de algo que había estado esperando.

No era fruta.

No era madera.

Era… otra cosa.

Algo que no se describe.

Solo se recuerda.

Nadie habló durante varios segundos.

Y entonces alguien dijo:

“Esto no es un vino.”

Pero ya era tarde.

La segunda botella

No estaba donde debía.

Nadie recordaba haberla visto antes.
Pero tampoco nadie se atrevió a decirlo en voz alta.

El polvo no era igual.
La inclinación… tampoco.

Como si alguien la hubiera movido.
O como si hubiera vuelto sola.

El vidrio estaba frío.
Demasiado frío.

Y al tocarla,
uno de ellos retiró la mano de golpe.

—No está vacía.

No era una pregunta.

Dentro, algo se había desplazado.

Lento.
Denso.

Como si el vino…
ya no fuera vino.

Algunos aseguran que fue entonces cuando todo empezó a torcerse.

Hermitage, en la colina de Syrah, nunca fue un lugar tranquilo.

 

Nadie quiso abrirla. Pero alguien… ya lo había hecho antes.

Desde entonces, nadie volvió a quedarse solo en la bodega.

 

 

La tercera botella

No estaba cerrada.

Nadie la recordaba abierta.
Nadie la había tocado.

Pero el corcho…
ya no estaba.

El cuello estaba manchado.
Oscuro.
Espeso.

No como vino.

Uno de ellos se inclinó para mirar dentro.

No debía haberlo hecho.

—¿Lo ves?

Nadie respondió.

Porque sí.

Todos lo veían.

No era un reflejo.

No era la luz.

Algo…
se movía al otro lado del vidrio.

Como si mirara desde dentro.

Y entonces la botella…
emitió un sonido.

No al abrirse.

No al caer.

Un sonido suave.

Casi…
como un suspiro.

Después de eso, dejaron de contar las botellas.

En Hermitage, incluso las Syrah más antiguas parecían guardar algo más que vino.

 

Algunos creen que solo había tres botellas.

Se equivocan…

 

 

Volverán a aparecer.

...No siempre avisan...

 

 

La cuarta botella

 

No estaba en la estantería.

Nadie la había visto nunca.

Nadie la había contado.


Pero esa noche…

estaba allí.


Más oscura que las otras.

Sin etiqueta.

Sin marca.


Y, sin embargo…

alguien sabía exactamente dónde mirar.


No la tocaron.

No hizo falta.


Porque cuando uno de ellos
se acercó demasiado…


la botella…

ya no estaba cerrada.


Nadie dijo nada.

Pero todos oyeron lo mismo.


Un leve crujido.

Desde dentro.

La quinta botella

No estaba donde debía.

Nadie la recordaba.

Ni en los registros.
Ni en las manos que contaban.

Pero esa noche…

apareció.


No tenía polvo.

No tenía edad.

No tenía nombre.


Solo una marca.

En el vidrio.

Como si alguien…

hubiera intentado sacarla desde dentro.


Nadie la abrió.

Nadie quiso.


A la mañana siguiente…

ya no estaba.


Pero desde entonces,

cada vez que falta una botella…

nadie pregunta.


Y nadie…

se queda a solas.

 

A veces no es vino.
Nunca lo fue.

 

 

 

 

Algunas botellas no desaparecen.
Cambian de lugar.

 

 

No hace falta entenderlo.

Si te ha hecho sentir algo… sabrás por qué escribir.

(no todo el mundo debería hacerlo)

Si cruzas…

 

 

vinobouquetraes@vinobouquet.es

Algunos ya lo han hecho.

 

 

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