POR QUÉ EMPECÉ A ESCRIBIR

 

No recuerdo el día exacto.

Las fechas desaparecen con los siglos, pero hay decisiones que permanecen mucho más tiempo que los nombres de quienes las tomaron.

Yo no escribía para hacer literatura.

Escribía porque temía que Hermitage acabara convertido en una palabra vacía. Cada vendimia dejaba una historia. Cada piedra conservaba un recuerdo. Cada cepa sobrevivía a un hombre más.

Y comprendí algo que nadie parecía advertir.

El vino desaparece.

Se bebe.

Una botella puede emocionar durante una cena y, una hora después, ya no existe.

Pero las historias permanecen.

Por eso empecé a llenar cuadernos.

No para explicar cómo sabía un vino, sino para recordar por qué existía.

Nunca imaginé que, muchos siglos después, alguien encontraría estas páginas.

Mucho menos que esa persona fuera una sommelière española empeñada en escuchar a una colina francesa como si todavía pudiera hablar.

Quizá por eso sigo escribiendo.

Porque mientras alguien lea una historia de Hermitage, la colina seguirá respirando.

Y mientras la colina respire…

yo nunca habré desaparecido.

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