LOS MUROS DE PIEDRA DE HERMITAGE

 

Quien contempla Hermitage por primera vez suele fijarse en las viñas. Sin embargo, basta detener la mirada unos segundos más para descubrir otro protagonista silencioso: los interminables muros de piedra que recorren la colina.

No están ahí para embellecer el paisaje. Cada uno sostiene toneladas de tierra sobre pendientes que, en algunos sectores, resultarían imposibles de cultivar sin ellos. Son el cimiento invisible de Hermitage.

Durante siglos, generaciones de viticultores han levantado y reconstruido estos muros piedra a piedra, sin cemento, utilizando la propia roca de la colina. Después de cada desprendimiento o de cada episodio de lluvias intensas, el trabajo volvía a empezar. Es una labor que nunca termina.

Además de sujetar el terreno, la piedra desempeña otro papel fundamental. Durante el día absorbe el calor del sol y, cuando cae la noche, lo libera lentamente. Ese pequeño aporte térmico ayuda a la Syrah a alcanzar una maduración más regular, especialmente en las parcelas más expuestas al viento.

Pero quizá su mayor valor no sea agrícola, sino humano. Los muros recuerdan que Hermitage no es únicamente un gran viñedo. Es un paisaje construido durante siglos por hombres y mujeres que transformaron una ladera abrupta en uno de los lugares más admirados del mundo del vino.

Cuando hoy caminamos entre las viñas de Hermitage, vemos cepas, granito y horizonte. Sin embargo, bajo cada paso hay miles de piedras colocadas por manos anónimas. Sin ellas, la colina que conocemos simplemente no existiría.

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