LA CRIANZA

Cuando el vino sigue creciendo en silencio

 

A primera vista, podría parecer que un vino ya está terminado cuando acaba la fermentación. En Hermitage ocurre justo lo contrario. Es entonces cuando comienza uno de los procesos más importantes de toda su vida.

Durante meses, y en muchos casos durante años, el vino descansa en barricas de roble. Allí el tiempo suaviza los taninos, integra los aromas y permite que cada parcela exprese toda su complejidad sin perder su identidad.

La barrica no pretende dominar el vino. Su función es acompañarlo. Una madera excesiva escondería el paisaje que el viñedo ha construido durante décadas. En los grandes Hermitage, la crianza busca equilibrio, nunca protagonismo.

Pero criar un vino también significa esperar. Mientras las barricas ocupan espacio en la bodega, ese vino no puede venderse. La inversión continúa inmovilizada durante meses o incluso años, sin producir un solo ingreso.

Cada barrica exige vigilancia constante. El vino se controla, se prueba, se trasiega cuando es necesario y se protege de cualquier desviación. Nada se deja al azar.

Por eso, en Hermitage, la crianza no consiste simplemente en guardar un vino. Consiste en acompañarlo hasta que alcanza el momento en que merece salir al mundo.

 

Cada día que un gran Hermitage permanece en barrica no aumenta su precio. Aumentan las razones por las que ese precio existe.

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