Hermitage

Después del escudo aparece la primera palabra que realmente leemos en la etiqueta: Hermitage.

No es una marca. No es el nombre del productor. No es una fantasía comercial. Es el nombre de un lugar.

Una pequeña colina situada junto al Ródano cuya reputación se ha construido durante siglos hasta convertirse en una de las denominaciones más prestigiosas del mundo del vino.

La etiqueta coloca esta palabra por encima de todo lo demás porque quiere dejar claro que el origen es lo primero. Antes incluso de conocer qué vino contiene la botella, sabemos de dónde procede.

En Hermitage, el territorio no es un simple dato geográfico. Es el verdadero protagonista. El granito, la pendiente, el viento, el clima y la historia quedan resumidos en una sola palabra.

Por eso aparece en el centro de la etiqueta, escrita con sobriedad y sin artificios. No necesita llamar la atención. Su prestigio ya habla por ella.

Leer «Hermitage» es comprender que estamos ante un vino que no podría nacer en ningún otro lugar.

 

Ahora podemos bajar una línea más y descubrir el nombre propio de este vino: La Chapelle.

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