¿Y SI HOY EL VINO ELIGIERA EL MENÚ?

La mayoría de nosotros decidimos primero qué vamos a comer y después buscamos una botella que acompañe el plato.

Los aficionados al vino suelen hacerlo al revés.

Abren una botella especial y, a partir de ella, construyen toda la comida.

No es una cuestión de normas. Es una forma diferente de entender la mesa.

Un gran Hermitage tinto puede pedir un cordero asado, unas carrilleras o una pieza de vaca madurada. No porque otros platos sean incorrectos, sino porque su profundidad merece una cocina capaz de acompañarlo sin eclipsarlo.

Un Hermitage blanco invita a otra clase de cocina: aves de corral, pescados con salsa, vieiras, setas o quesos de pasta blanda. Su complejidad permite recorrer un menú entero sin perder protagonismo.

Lo mismo ocurre con otros vinos.

Un Sauvignon Blanc fresco puede conducirnos hacia unos espárragos o un queso de cabra.

Un Riesling puede inspirar una cocina asiática.

Un Pinot Noir puede convertir unos simples champiñones en una cena memorable.

El vino no solo acompaña la comida.

A veces es él quien inspira el menú.

Y quizá esa sea una de las maneras más bonitas de disfrutar una botella: dejar que sea ella quien nos diga qué cocinar.

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