UN BRUT NATURE CON CARBONARA

SÍ, Y TE EXPLICO POR QUÉ.

 

Empieza así:


Todo el mundo espera que diga un tinto.

Es pasta. Lleva panceta. Lleva queso. Parece lógico.

Pues no.

Yo serviría un Brut Nature.

Y antes de que alguien levante las manos a la cabeza, hagamos una cosa: olvidemos el color del vino y pensemos en el plato.

La auténtica carbonara no es una salsa ligera. El huevo aporta untuosidad, el pecorino añade salinidad y el guanciale deja una capa de grasa deliciosa que permanece en la boca.

¿Qué necesita esa grasa?

No necesita más grasa.

Necesita alguien que la limpie.

Ahí entra un buen Brut Nature.

Su acidez corta la sensación grasa. Su burbuja limpia el paladar. Cada nuevo bocado vuelve a parecer el primero. En lugar de saturar la boca, la reinicia.

Muchos tintos, especialmente si tienen bastante madera o tanino, hacen justo lo contrario: aumentan la sensación de pesadez y terminas bebiendo para aliviar el plato, cuando debería ocurrir exactamente al revés.

El mejor maridaje no siempre busca parecerse al alimento.

Muchas veces busca equilibrarlo.

Y un Brut Nature bien elaborado puede hacerlo mucho mejor que un tinto.

Por eso digo algo que suele sorprender en cualquier mesa:

La carbonara y un Brut Nature forman una pareja mucho más inteligente de lo que parece.

Porque el vino no acompaña al plato.

Dialoga con él.


 

¿Te atreverías a probarlo?

No me creas.

Haz la prueba.

Sirve una carbonara con un tinto y otra con un buen Brut Nature.

Después decide tú.

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