¿EL AJO ES EL ENEMIGO DEL VINO?

 

No

Pero sí puede convertirse en su peor adversario.

La culpa no es del vino.

La culpa tampoco es del ajo.

La culpa está en el momento en que ambos se encuentran.


Todos hemos vivido la escena.

Un vino magnífico.

Una comida deliciosa.

Y, de repente, después de un bocado con abundante ajo, el vino parece más amargo, más metálico o simplemente… desaparece.

No es imaginación.

Sucede de verdad.


¿Qué ocurre?

El ajo contiene compuestos azufrados muy intensos.

Al masticarlos, estos permanecen durante unos segundos sobre la lengua y en toda la boca.

Cuando llega el vino, muchos de sus aromas quedan ocultos y el equilibrio cambia.

El resultado puede ser un vino que parece más duro, menos afrutado o incluso ligeramente amargo.

No ha cambiado el vino.

Ha cambiado nuestra percepción.


El segundo error

Pensar que el ajo prohíbe beber vino.

No es cierto.

Lo importante no es eliminar el ajo.

Lo importante es entender el plato.

No es lo mismo un ligero perfume de ajo en un sofrito que una salsa de ajo potente o unos ajos asados enteros.

La intensidad lo cambia todo.


Entonces… ¿qué vino elegir?

No existe una respuesta única.

Si el ajo acompaña un pescado delicado, el vino será uno.

Si forma parte de un cordero asado, será otro.

Si aparece junto a setas, verduras o marisco, volverá a cambiar.

Una vez más…

el protagonista nunca es un ingrediente aislado.

Es el conjunto.


La reflexión de Vinobouquet

El ajo no mata al vino.

Solo obliga al sumiller a escuchar mejor el plato antes de servir la copa.

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