CUADERNO IV 

LA CEPA QUE NADIE TOCABA

 

Volví a buscar al hombre que nunca vendimiaba.

Durante varios días recorrí los mismos senderos por los que lo había visto desaparecer. Pregunté de nuevo por él. Esperé junto al viejo muro de piedra. Incluso regresé a la cepa sobre la que había apoyado la mano.

No apareció.

La vendimia, en cambio, continuaba.

Los cestos bajaban llenos y las voces de los hombres recorrían las terrazas. Poco a poco, las cepas quedaban desnudas.

Hasta que descubrí una que no lo estaba.

Era vieja. Mucho más vieja que las que la rodeaban. El tronco se retorcía sobre sí mismo y de sus brazos colgaban todavía varios racimos oscuros.

Pensé que la habían olvidado.

A la mañana siguiente seguían allí.

Y al otro día también.

Observé a los vendimiadores. Pasaban junto a ella, recogían las uvas de las cepas vecinas y continuaban su camino sin tocarla.

Aquello no tenía sentido.

Me acerqué a uno de los hombres.

—Os habéis dejado una.

El vendimiador siguió trabajando.

—No.

—Todavía tiene todos los racimos.

Esta vez dejó las tijeras dentro del cesto y me miró.

—Ya lo sé.

Esperé una explicación.

No llegó.

—Entonces, ¿por qué nadie la vendimia?

El hombre miró hacia la cepa. Después recorrió con los ojos la ladera, como si quisiera comprobar que nadie nos escuchaba.

—Porque esa no es nuestra.

Miré alrededor. Todas las cepas parecían formar parte de la misma parcela.

—¿De quién es?

El hombre tardó en responder.

—De la colina.

Solté una pequeña risa.

Él no.

Recogió las tijeras y volvió al trabajo.

Aquella tarde regresé solo.

El sol comenzaba a desaparecer detrás del Ródano y la sombra avanzaba lentamente sobre las terrazas. Me senté frente a aquella cepa y recordé al hombre que nunca vendimiaba.

«Las viñas hablan todo el año. Solo que casi nadie tiene paciencia para escucharlas.»

Por primera vez comprendí que quizá no había hablado de las viñas.

Quizá hablaba de la colina.

Me levanté cuando apenas quedaba luz. Antes de marcharme, acerqué la mano al tronco de la cepa.

No llegué a tocarlo.

Detrás de mí sonó una voz.

—Yo no haría eso.

Me volví.

No había nadie.


Antes de cerrar este cuaderno, necesito preguntarte algo.

Si una colina llevara siglos guardando un secreto… ¿de verdad querrías ser tú quien lo descubriera?

— Gaspard

 
 
 
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